por Nikol Balachino

El Espiritu Santo Anun no lo Bemos en Dios

El 23 de enero de 1959 el Papa Juan XXIII, al anunciar sus planes para convocar el Concilio Vaticano II, oró para que las ventanas de la Iglesia se abrieran al soplo de Dios. Deseó que un viento sagrado se llevara la inercia, la falta de vida, y liberara una nueva y refrescante renovación. Casi 30 años después, en 1986, su sucesor, el Papa Juan Pablo II publicó una encíclica, sobre el Espíritu Santo en la Vida de la Iglesia y en el Mundo, Señor y dador de vida, en la que apremiaba a todos los cristianos a estar atentos al Espíritu mientras se preparaban a entrar en el tercer milenio cristiano. Escribió: "La mente y el corazón de la Iglesia se vuelven hacia el Espíritu Santo a medida que este siglo veinte llega a su conclusión y se acerca el tercer milenio desde la llegada de Jesucristo al mundo, y mientras esperamos el Gran Jubileo con el que la Iglesia celebrará este acontecimiento" (Dominum et Vivificantem, 49).

En su documento Tertio Millennio Adveniente, el Papa propuso un plan como preparación para la celebración de este gran jubileo. Desea que el año 1998 sea dedicado de manera especial al Espíritu Santo y a su presencia santificadora en la comunidad de los discípulos de Cristo. Esta preparación incluye "una apreciación renovada de la presencia y actividad del Espíritu que actúa en la Iglesia tanto en los Sacramentos como en la diversidad de carismas, roles y ministerios" y "como el Único que es agente principal de la nueva evangelización".

Yo creo que durante este año, la Renovación Carismática puede contribuir enormemente de modo que la visión del Papa para el año que viene se haga realidad.

La Renovación Carismática es de muchas maneras muy parecida a otros movimientos reformadores que se dieron en la larga historia de la Iglesia y que existen hoy. Enfatiza una relación personal con Jesucristo, una piedad personal que nace de esa relación, un énfasis en la oración, adoración, un sentido más profundo de la comunidad, una celebración renovada de los Sacramentos, y un celo evangelizador.

Pero existe una diferencia importante. La Renovación Carismática ha prestado mucha atención al Espíritu Santo, a su vida y misión sobre los cristianos y sobre toda la Iglesia. Ha ayudado a situar de nuevo la acción del Espíritu Santo en el primer plano de la vida de los cristianos cotidianos. Es esta una fuerza clave que trae de nuevo los dones carismáticos del Espíritu Santo de igual modo al clero y a los laicos.

Se advierte con pesar que para muchos cristianos, el Espíritu Santo es todavía un "Dios escondido", la persona menos conocida de la Santíssima Trinidad. Para el cristiano medio no significa casi nada. Por supuesto, todos sabemos que hay tres personas en Dios, pero ¿la realidad del Espíritu Santo ha dejado de ser una mera abstracción de nuestra fe cristiana? ¿Somos conscientes del Espíritu Santo como una persona, de su presencia y sus acciones, como lo eran los primeros cristianos? ¿Y qué decir de los dones del Espíritu Santo dados por Dios para el crecimiento del cuerpo de los creyentes? ¿Dónde está la manifestación de estas "herramientas de poder" en la vida de las parroquias, las asociaciones católicas, los ministerios y semejantes?

Alguien hizo el comentario de que "si Dios retirase al Espíritu Santo de nuestro entorno, alrededor del noventa y cinco por ciento de lo que estamos haciendo en nuestrlesia seguiría adelante, y no notaríamos la diferencia. Pero si Dios hubiera retirado al Espíritu Santo del entorno de la comunidad de los primeros cristianos, un noventa y cinco por ciento de lo que estaban haciendo habría cesado inmediatamente".

Por desgracia, muchos consideran todavía a la Iglesia como el Cuerpo de Cristo al que se añade el Espíritu como ayuda. El hecho es que Cristo no estableció primero la Iglesia y luego añadió el Espíritu. El papel del Espíritu no es un papel secundario. Así como Jesús fué concebido por el Espíritu en el seno de María y facultado para su misión en el bautismo, así la Iglesia nace y está facultada por el Espíritu. El mismo Espíritu Santo que llenó a Jesús prepara a los discípulos de Cristo para ser instrumentos de salvación. No podemos vivir fuera de nuestros propios recursos humanos y naturales. Necesitamos el poder del Espíritu que nos habita, que respira, fortalece, inspira y guía.

Juan Pablo II habla con frecuencia sobre la "nueva evangelización". Ella debería preparar a los hombres y mujeres del año 2000 para el redescubrimiento de Cris to y ayudarles a aceptarle como su Señor y Salvador personal. Esta misión no se puede quedar en asambleas, publicaciones, organización de seminarios, etc. De lo que la Iglesia tiene una necesidad absoluta no es de más documentos, más conferencias, por importantes que puedan ser, sino de un nuevo Pentecostés, una nueva efusión del Espíritu. Sólo si nosotros, que somos piedras vivas de la Iglesia, estamos llenos del Espíritu Santo, seremos capaces de dar a Cristo a los demás.

En esta perspectiva es urgente que nosotros, que hemos experimentado esta efusión a través del bautismo en el Espíritu Santo, sigamos recalcando su importancia para la vida de la Iglesia y sigamos invocando la venida de su Presencia.

Al empezar este año del Espíritu Santo, digamos: "¡Bienvenido, Espíritu Santo, ven y haznos conscientes de tu sagrada Cercanía! Que cada uno se vea inmerso en tu amor. Deja que nuestras almas ardan con tu fuego. Ayúdanos a superar el olvido de tu presencia. Abre nuestros corazones para recibir más y más tus abundantes dones".

© 1998 Boletin de ICCRS, Vaticano, Europa. Nikol Balachino, (Malta), es en los miembros del Consejo que represta al ICCRS en las Communidades Carismáticas.